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Carla Abejón Tamargo Escritora


domingo, 24 de abril de 2011

Capítulo 3: Las cartas sobre la mesa.

Capítulo 3: Las cartas sobre la mesa.




Salió del balcón, y con una terrible marca de impotencia en el rostro atravesó la habitación hasta la puerta. La ira se apoderó de él. Reprimió las ganas de gritar, de gritar hasta morir completamente desgarrado por el odio y la desesperación. Apretó con fuerza el pomo dorado de la puerta, el pomo era demasiado frágil para resistir aquel esfuerzo. Cuando el muchacho retiró la mano descubrió en ella los pedazos, ya no eran dorados, mostraban un color negruzco. Lo había quemado. Arrojó los pedazos al frente, haciéndolos atravesar la ventana, y el balcón. Desaparecieron de su vista. Salió pegando un portazo.
Al salir de la habitación tropezó inesperadamente con alguien. La niña cayó hacia atrás ayudada por el choque frontal que había recibido por parte de su hermano.
-          ¡Joder! – Se quejó él, aún más cabreado.
La intromisión de su hermana sumada al tema de Aphrodite se fusionaba en su cabeza agrandando aún más el problema al que ya le venía dando vueltas varios meses atrás.
-          Perdona… - murmuró ella en un tono casi inaudible.
Siempre en medio  la maldita niñata está, pensó su hermano. Pero no lo dijo en alto. Aunque estuviese enfadado consigo mismo, y con el mundo en general, su hermana no tenía culpa alguna de ello y no la iba a hacer pagar injustamente las consecuencias. Sin embargo, desvió la mirada y preguntó con indiferencia:
-          ¿Qué haces tú en mi torreón?, ¿no sabes que tienes prohibida la entrada? – Su enfado había disminuido notablemente, al menos con ella.
Su habitación era una zona prohibida para determinadas personas. Su padre tenía derecho a acceder a ella, y también al igual que su madre a decidir quién entraba. Pero sólo él decidía quien entraba en su habitación. Sólo él.
Su habitación estaba en el torreón Alfa, en el ala derecha del palacio.

-          Perdone su majestad – respondió ella con tono irónico -, venía a preguntarte una cosa, pero con ese humor, casi que me ahorro la pregunta, y ya lo dejamos para otro día – sentenció.
Él se limitó a bufar y a contestar:
-          El tiempo ya está perdido, así que ahora no hagas que haya sido en vano.
-          ¡No me ordenes lo que debo hacer! – lo miró desafiante.
-          A ver – comenzó diciendo al tiempo que alzaba una ceja, divertido – Luna, habla, no tengo todo el día.
-          No, no, no, no, no, no… – repitió melódicamente.
Él, cansado de los absurdos jueguecitos de su hermana pequeña suspiró. Se despidió de ella, y avanzó un metro y medio para disponerse a bajar por la escalera de caracol.
-          ¡Espera! – suplicó su hermana.
Una maliciosa sonrisa triunfal se dibujó en su rostro, y la miró.
-          No. Que según dices, no tienes nada que contarme…
-          ¡Jopelines!, yo sólo me estaba haciendo la interesante, para lograr un poco de atención, ¡pero tú no me haces ni caso! – Luna se cruzó de brazos, tomó aire e infló los mofletes para simular un enfado repentino.
El muchacho no pudo evitar reírse. Su hermana le había alegrado un poco el día después de todo, con aquel teatro que estaba montando.
-          Pero hay que ver que tontita te pones, ¿eh? – se acercó corriendo hacia la niña, que parecía una muñeca, y la cogió en brazos -. ¿Qué princesa, me cuentas eso tan importante, o tengo que recurrir a las cosquillas?
La niña simuló temor y empezó a hablar, y a describir con todo lujo de detalles la situación que había allí abajo en el salón común del castillo.
-          ¿De verdad, princesa?
-          Te lo juro por Fiamma – Afirmó solemnemente.
-          ¿Quién, o qué es eso, o… ese?
-          ¡Mi mascota! ¡Mi nuevo gatito! Me lo ha regalado una de las mujeres que hay ahí abajo. Una muy bella, parecía una diosa – Estas últimas palabras se clavaron en el chico como un puñal -. Es negro y de ojos azules – El muchacho estaba realmente sorprendido del interés que estaba mostrando en las palabras de su hermana -. ¡Pero ha desaparecido, y no lo encuentro por ningún lado!
-          ¡Qué desgracia! – Dijo sin prestarle demasiada atención, pues seguía dándole vueltas al tema del gato.
-          ¿Tú lo has visto? – preguntó sacándole de sus pensamientos.
Él pensó en aquel minino que había entrado por la ventana de su torreón. Pero  era imposible que fuese el gato de Luna. Aunque era tal y como ella lo había descrito. El torreón de su hermana era el torreón Gamma, mucho más bajo, más estrecho, y se encontraba en la punta Sur del castillo. Un gato corriente no era capaz de escalar esos muros.
Su hermana lo zarandeó.
-          ¿Me estás escuchando?
-          Ehhh… Claro que sí, claro que sí, princesa. No, no lo he visto, pero no te preocupes que ya aparecerá.
-          ¿Tú crees?, ¿y si se ha escapado y no vuelve nunca, nunca jamás? – su cara se entristeció.
-          Volverá. Y si no vuelve compraremos otro no, otros dos – y sonrió.
-          ¿De verdad? ¡Y así podrán tener bebés! – su sonrisa se ensanchó.
-          De verdad de la buena.
Luna lo abrazó. Que tierna era cuando se lo proponía.
-          Bueno, princesa – comenzó a decir mientras la apartaba para poder contemplarla -, ¿y ese vestido tan bonito?
-          Me lo ha traído papá. Dijo que lo había comprado en uno de los sitios en los que estuvo. Es violeta; él dice que es del mismo color que los campos de lavanda, tiene piedrecitas brillantes, y un lazo blanco; como el pelaje de los unicornios.
-          Claro que sí – y le sonrió de nuevo -. Estás guapísima, seguro que eres la niña más hermosa de toda la fiesta.
Su hermana enrojeció, su hermano le había sacado los colores. Lo abrazó de nuevo, y echó a correr escaleras abajo mientras tarareaba la canción de un programa infantil.
El muchacho también desapareció, lentamente, en la escalera de caracol.
Ya abajo en el pasillo se abría un auténtico laberinto de múltiples posibilidades. Derecha o izquierda. Arriba o abajo. Adelante o atrás. Decisiones, siempre están presentes.
A la derecha se encontraban las habitaciones de los invitados con sus respectivos baños, y a la izquierda las habitaciones del personal. Había cinco escaleras que conducían hacia arriba; cuatro de ellas eran de caracol, y llevaban a torreones. El Beta; perteneciente a su hermano, el Gamma; perteneciente a Luna, el Omega; dónde dormía Nico, y el Alfa que era el suyo. Las últimas escaleras no eran en forma de caracol, eran anchas e imponentes, llevaban al lugar más alto del castillo; a la cúpula central, dónde se hallaba la habitación de sus padres, los soberanos del reino. Adelante se encontraba un enorme salón de juegos, y una gran habitación que utilizaban como sala de reuniones. A sus espaldas tenía el gimnasio.
Siguió el camino del centro, y allí bajó las escaleras hasta la gran sala común.
Todas las miradas quedaron clavadas en él, y fue entonces cuando cayó en la cuenta de que llegaba tarde. Todos lo estaban esperando. Era el único invitado que faltaba para que el acto se denominara oficial.
Fuego, consúmeme, pensó.
Pero ya era demasiado tarde para retroceder, ya no podía echarse atrás. Había cometido un grave error llegando el último, y habiendo hecho esperar a esa multitud de personas importantes. Había llegado su turno, había lanzado los dados, arrojado la moneda, y jugado su última carta. La suerte ya estaba echada; ahora debía jugar la partida.

sábado, 23 de abril de 2011

Capítulo 2: Recuerdos



Capítulo 2: Recuerdos


Se levantó del diván y colocó al minino en una ventana meticulosamente. El gato hizo un par de movimientos cortos y se dejó sostener sin oponer resistencia. Su pelaje negro relucía con la claridad de la mañana, y los rayos astrales incidían en él dándole un brillo poco natural, casi dorado. El gato resplandecía como si fuese de oro, y sus ojos azules mostraron una comprensión casi humana hacia el chico.
Estando en la ventana, el gato comenzó a lamerse una de sus patas, y cuando hubo acabado saltó hasta el suelo. El muchacho lo observó con admiración. El minino de pelaje oscuro alzó la cabeza hacia al cielo, casi parecía que vigilaba al muchacho.
Este apartó la vista un segundo, y cuando volvió a mirar el gato ya había desaparecido sin dejar rastro.

La claridad que entraba a través del ventanal era cada vez más cegadora. El muchacho, aún con una toalla blanca cubriéndole el cuerpo, abrió la puerta corrediza que conducía al balcón. Penetró en la estancia sigilosamente, sin prisa, casi dejándose arrastrar por una inexistente brisa. Se apoyó sobre el muro que separaba su cuarto del vacío, y miró hacia abajo.
Quizá haya unos 20 metros, pensó. 
¿Cómo es posible saltar 20 metros a esa velocidad y tocar el suelo con esa suavidad? ¿Cómo puede estar  completamente ileso?
Las paredes del castillo estaban construidas con piedra maciza. Unos muros imponentes, impenetrables. La piedra se encontraba en perfecto estado, sin desperfectos; nunca nadie se había atrevido a atacarles. Nunca habían tenido que hacer reparaciones en aquella fachada grisácea formada por grandes bloques.
Siglos llevaba aquel palacio levantado en aquella zona del bosque a las afueras de la capital. Generaciones de sus antepasados habían ocupado aquellas estancias, pero lo que estaba claro, y él tenía por seguro era que un lugar como aquel debía esconder algo. Tenía que haber algo. Esos muros de piedra, aún más resistentes que las pirámides de Egipto tenían que guardar algún secreto. Él sabía perfectamente que algún secreto inconfesable tenía que haber oculto en algún rincón.

La campana de palacio sonó, indicando que eran ya las doce del mediodía.
Esto lo sacó completamente de sus pensamientos. Dejó el gato recostado sobre la barandilla del balcón y entró en su cuarto de nuevo, esta vez para vestirse.

Abrió su armario. Una cena con su padre… Ya era hora. Llevaba demasiado tiempo fuera de palacio atendiendo asuntos fuera del reino.
Cogió aquel traje que le había regalado su madre hacía un par de semanas. Bueno, de hecho no era un traje; su madre llamaba a aquella combinación de prendas “look elegante e informal” El muchacho nunca había llegado a entender cómo algo podía ser elegante e informal a la vez. La moda no era su fuerte, pero confiaba plenamente en su madre. A estas alturas de la vida rea todo cuanto sabía que debía hacer, confiar sólo en quienes le querían.
Se vistió con la combinación estrella y se colocó frente al espejo. Parecía satisfecho con el resultado; no contento, ni impresionado, solamente satisfecho. Aceptaba su atuendo, le parecía adecuado pero no le gustaba ni mucho menos.
Pantalones vaqueros oscuros de corte ni ancho ni estrecho, camisa blanca informal con tres botones desabrochados, unas converse blancas, y una americana negra.
Perfecto para alguien de su edad.
El pelo era otro percal de fácil solución, se lo revolvió desordenadamente con un poco de agua.
Ya estaba listo para recibir a su padre. Recordó las palabras de Nico “quiere hablar con TODOS” Todos podría referirse a la familia al completo.
El muchacho gruñó.
No quería reunirse aquí con toda su familia, con todos sus tíos, primos, sus abuelos. Sus hermanos ya eran más que suficiente. Era injusto. Tendría que volver a ver a Keira, su odiosa prima, y a Dante, el bastardo de su tío.
Pero comparado con “Miss Perfect”, Keira y Dante eran un juego de niños. Miss Perfect no era su verdadero nombre desde luego, pero al muchacho le divertía llamarla así. Siempre le había hecho gracia que aquella mujer se esforzara siempre en hacer todo perfecto. Le irritaba que nunca se equivocase en nada. Le molestaba que siempre hiciera todo tal y como lo indicaban las reglas, sin sentir la emoción de hacer algo mal, sin sentir la adrenalina cuando te encuentras frente al peligro. Odiaba su prepotencia y su orgullo. Detestaba su suma perfección.
Mientras pensaba en esto se dio cuenta que ya eran más de las doce y media, y que pronto sería la hora de comer y reunirse con toso aquellos indeseables. Deseó con todas sus fuerzas que se estuviese equivocando y que lo de “todos” fuese simplemente una de las muchas exageraciones que su padre tendía a hacer.

Picaron a la puerta.
El muchacho no se movió y dijo:
-         Está abierta, pase.
Una mujer de apariencia humilde asomó su cabecita.
-         ¿Está usted ya listo? - dijo a la vez que entraba.
-         No, aún no. He de hacer un par de cosas – y dirigió su vista hacia el balcón- ¿ocurre algo?
-         Bien. Nada en absoluto, señorito. Sólo venía a… - Él la interrumpió bruscamente.
-         Te he dicho un millón de veces que no me llames señorito. No soy un crío de 6 años.
-         Lo siento, yo solo cumplo órdenes reales… - Se disculpó la joven.
-         No pienso repetírtelo ni una sola vez más. Tenlo en cuenta si quieres conservar este empleo. Sino, me encargaré personalmente de que seas despedida, y que no consigas empleo en este reino nunca más. Supongo que no querrás eso, ¿verdad? – la miró con aires de superioridad.
-         Lo he entendido perfectamente, lo tendré presente. Acepte mis más sinceras disculpas – Ella hizo ademán de marcharse pero el muchacho se lo impidió de forma cortante.
-         ¿Dónde te crees que vas?
-         Si usted no quiere nada más creo que aquí solo molesto – respondió ella.
-         ¿A que venías? – Inquirió.
-         Su madre me pidió que le dijera que Aphrodite ha venido.
Al muchacho eso le sentó peor que una patada en el estómago. Un golpe bajo, no estaba preparado para escuchar ese nombre. Aún no. Su rostro se desencajó, y palideció de repente.
-         ¿Ocurre algo?
-         No. Retírate – Dijo tajante.
Ella abandonó el cuarto como una autómata; tal y como había entrado.
En los puños del chico comenzaron a marcarse las venas, la presión arterial aumentaba con cada segundo que transcurría. Los latidos de su corazón parecían estar haciendo una carrera contra reloj contra su destino. Se colocó la mano en el lado izquierdo del pecho, y notó como el corazón se salía de su eje. Sus ojos azules estaban ahora vidriosos. La sonrisa se había borrado de su rostro, y el temor se reflejaba en su mirada.
Aphrodite, Aphrodite, Aphrodite, repitió este nombre en su cabeza durante un largo rato mientras se asomaba al balcón de nuevo.

Apoyó los codos en la barandilla negra, y hundió la cabeza entre sus manos.
Ella no. Por los dioses, ella no, otra vez no.
El viento le agitaba enfadado el cabello, pero él ya no lo sentía, en ese momento ya no sentía nada, su mirada permanecía fija en el horizonte mientras su mente divagaba hacia otro lugar, lejos de allí, hacia otro lugar.

Estuvo un buen rato pensando en ella, recordando a una mujer de mirada áspera y fría, a esa chica rubia de cabellos largos y trenzados, a aquella princesa rompecorazones y caza fortunas. Recordando a una muchacha siniestra, traicionera, y vengativa. Orgullosa y prepotente. Recordando malos recuerdos, cosas ya olvidadas que habían quedado en lo profundo de su memoria. Recordando a esa arpía que por una razón o por otra odiaba con casi tanta fuerza como amaba, y esta vez no le dolió. Aphrodite, “Miss Perfect”.