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Carla Abejón Tamargo Escritora


viernes, 20 de mayo de 2011

La víctima que se convirtió en asesino.

La víctima  que se convirtió en asesino.

El graznido de un estúpido cuervo me mantuvo despierto durante toda la noche; había sido fría, era ya mediados de Septiembre y me había resultado eterna. Cuando la melódica alarma del despertador que se hallaba sobre la pequeña mesita de madera de roble sonó como lo hacía cada mañana, me di cuenta de que era el momento de levantarme de entre las sábanas. Por alguna razón esta vez el sonido me resultó mucho más agudo y profundo, y no quería levantarme a pesar de que estaba despierto, y completamente desvelado. Ansiaba seguir acurrucado entre las sábanas como un niño pequeño, disfrutando de la tenue luz que atravesaba los cristales de la ventana aún cerrada. Apoyé la cabeza de nuevo sobre la almohada y suspiré profundamente. 
Miré el calendario, 16 de Septiembre, día en el que empezaban las clases. De nuevo. Otro año más soportando lo mismo, otro año como los demás, otro año agobiante y desgraciado, sin importarle a nada ni a nadie, un año en el que quisiera o no, nada iba a cambiar. Otro año haciéndome sentir culpable y desdichado. Mis compañeros iban a hacer que mi estancia en el colegio fuese lo más detestable posible, iban a hacer que me resultara insoportable. Causarme dolor era lo que querían, y fue lo que consiguieron a lo largo de toda primaria, y lo que harían a lo largo de este último año en la escuela. Otro año en el que el dolor psicológico sería más fuerte que el dolor físico, otros 365 días repletos de sufrimiento y de dolor, un año más al margen del mundo y de la sociedad; una sociedad hipócrita y consumista a la que no le importamos, su objetivo es vender, no importa qué o a quién, el caso es hacerlo, hacerlo bien, sin que se note, y en la que nosotros somos sus marionetas. En este mundo pendemos de unos hilos que en cualquier momento alguien puede cortar, es tan simple como eso, tu vida no vale nada, y un pequeño fallo, un simple error, o una decisión equivocada pueden hacer que pases a formar parte de una sociedad marginal, aquella de la que la gente huye, aquella a la que la gente critica, esa que no está bien vista, y es esa gente a la que todos temen, excepto ese alguien o algo que es superior, y mejor que tú por alguna razón, ese que al parecer decide por ti, y decida eliminarte porque no sirves para nada, entonces todo termina, y es que al fin y al cabo somos sus víctimas. Víctimas de una sociedad que en lugar de apoyar y ayudar al más débil lo machaca, lo atosiga, e intenta hundirle, mientras que por otro lado trata de llevarse bien con aquellos que son superiores por seguridad propia. Y es que la vida es así, y muchas veces tu vida es su juego, el juego de esas personas superiores que se ríen, fuman, beben, charlan, presumen de su ropa y de sus coches, y están de fiesta; mientras que otra persona que no ha tenido la suerte de pertenecer a esa superioridad a la que llamamos estatus social se encuentra en la calle, bajo la lluvia, llorando, sin familia y sin hogar, intentando sobrevivir día a día en condiciones pésimas y como puede. Pero a ellos nadie les ayuda porque a los ojos de los demás son solo escoria, los restos y la mugre de la sociedad, un estorbo, desechos humanos, gente carente de posibilidades laborales, en otras palabras, no son nada. 
Otro año más en el infierno, pensé.
Tras alejar estos pensamientos de mi mente durante unos instantes mi cerebro reaccionó, ya era hora de levantarse.
Me dirigí al baño, y me aseé como siempre, una ligera y breve ducha me alivió. Me sequé el pelo con la toalla y me vestí. No quería parecer un imbécil poniéndome ropa estúpida, quería ser como los otros chicos, ir moderno, a la moda, sólo pedía ir vestido como la gente guay, serlo ya sería un milagro. Me puse unos vaqueros, y una camiseta procedente de la plaza del pueblo. Supongo que sólo buscaba un poco de atención, sentirme querido por alguien. Lo necesitaba. Constantemente me preguntaba a mi mismo por qué aquellos chicos no me aceptaban tal cual era. ¿Por qué debía cambiar yo mi forma de ser para ser aceptado en un determinado grupo, en esta sociedad?
Bajé a la cocina a desayunar. Allí estaba como cada mañana, mi abuela esmerándose en la preparación del desayuno.
-          Buenos días, mi amor. Hoy es el primer día de clase, del último año de colegio. En el primer día hay que dar buena impresión al profesorado, y buena imagen a tus compañeros. El primer día es único, y esencial, puede decidir tu futuro durante el curso. Es determinante.
Suspiré sonoramente.
-          ¿Te ocurre algo, cariño?
-          No – Respondí tajante.
-          ¿Y entonces cuál es el problema? No tienes buena cara… - dijo ella.
Deseaba poder desahogarme y gritarle al mundo las injusticias que vivía en aquel lugar. Pero no podía, supongo que el orgullo pesaba más que el dolor, al menos por el momento.
-          No hay ningún problema – respondí con una media sonrisa forzada mientras engullía una tostada con mermelada.
-          Está bien – dijo –. Tómate el tazón de leche con cereales, y las galletas enseguida que se está haciendo tarde.
Asentí, mientras repasaba mentalmente la lista que había elaborado en el verano. Acabé de desayunar, me colgué vagamente la mochila a la espalda y eché a caminar hacia la puerta. Le di dos besos a mi abuela y salí por la puerta dispuesto a enfrentarme al infierno.

Llegué a la plaza del pueblo y por un momento quise dar media vuelta, pero ya no podía. No, no era valor; simplemente ya no podía. Decenas de chicos y chicas atravesaban la plaza en dirección a la escuela, y muchos me miraban, en especial un grupo formado por cinco chicos: Su cabecilla, Leo me miraba con desprecio, como si fuese un monstruo en apariencia o tuviera algún tipo de enfermedad. Sus amigos, dos tipos altos y morenos me observaban agresivamente, y entre miradas cómplices se comunicaron que merecía la pena esperar hasta la salida del colegio, cuando finalizasen las clases. Sus nombres eran Jonathan y Nicolás. Alex era un deportista, un gran estudiante, y una buena persona; no encajaba en absoluto con el estereotipo de chico de esa pandilla. El último era el más peligroso, y también a quién yo más temía. Cada vez que percibía que su mirada se detenía en mí apartaba la mirada, agachaba la cabeza, y me iba. No conocía su verdadero nombre, quizá hasta él mismo lo había olvidado, tal vez nadie conocía su nombre, pero su apodo dejaba claro que no se andaba con bromas, y que no toleraba nada, ni a nadie.
Cuando vi como se acercaban intenté tragar saliva, pero no pude. Sentí como la sangre abandonaba mi rostro y mi piel palidecía más de lo normal. El miedo me estaba consumiendo por dentro, y lo peor era que ellos lo sabían. Cinco años de colegio sirven para mucho. Me aferré a mi iPod, e intenté por todos los medios que la música lograra evadirme y despejarme la mente. Tímidamente crucé la plaza y eché a caminar cuesta abajo, escondiéndome entre los rincones, camuflándome con las sombras emprendí mi camino.
“Cada amanecer trae consigo un nuevo rayo dorado. Una nueva oportunidad de ser quién quieras ser; un nuevo día para aprender algo nuevo y auto-superarse. Un nuevo día dónde todo puede cambiar”, recordé las palabras de mi abuela.
Tenía la sensación de que incluso las paredes me observaban, de que todo el mundo me miraba. No tenía ni un solo amigo en clase. Era el marginado de la clase. Nadie quería formar grupo con el pringado, con el rarito que no salía de casa y no tenía novia.
A medida que sabía que me iba acercando al colegio, inconscientemente comencé a caminar más despacio, arrastrando las suelas de mis desgastados zapatos, alargando el camino, haciendo de mi cuerpo un peso muerto que se dejaba empujar, arrastrado por el viento. Era un autómata siguiendo un camino que ni siquiera yo mismo había elegido, con un punto de partida, y uno de llegada. Deseaba que el final del recorrido no llegara nunca, quería caminar por una senda desconocida, caminando por el bulevar de los sueños rotos. Quince, diez, cinco minutos…
Iban descendiendo los minutos al compás que yo ralentizaba mis andares. Llegar pronto a la escuela no era bueno, nada bueno, era una mala idea, y sobre todo para alguien como yo. Si llegaba pronto no podía hacer otra cosa que aguardar a que llegase el maestro rezando para que no me pegaran los compañeros puntuales. A veces llegando temprano tenía que soportar los insultos, y aguantar las repetidas burlas y collejas. Sin embargo llegar tarde era mucho menos peligroso, el patio ya estaría casi vacío, las aulas repletas, y en los pasillos no habría nadie para hacerme la zancadilla, quitarme el almuerzo, o mascullar dolorosas palabras.
 Para llegar al instituto había que cruzar un puente bastante largo que se alzaba sobre la ría. Me detuve frente la barandilla. Los barrotes de metal parecían estables y seguros. Me apoyé en el borde y mantuve la vista al frente, perdida en el horizonte. A lo lejos, un barco llevaba una bandera con un logotipo que parecía ser un puño ensangrentado. Miré mi brazo, subí la manga, y dejé al descubierto la mano, y mi muñeca… blanca, limpia, sin rozaduras, sin heridas… Era una mañana oscura y gris, lluviosa y húmeda, hacía frío ya a principios de Septiembre así que volvía a cubrir mi brazo con la chaqueta.
Caminé durante un rato y empecé a sentir dentro de mí el calor, el miedo, el dolor, la impotencia, la resignación, la humillación, y de nuevo el temor. Sí. Había llegado al infierno.
Entré en el edificio de ladrillo y piedra, y pregunté por mi aula. La 112. A primera hora el horario informaba de que tenía que ir al aula de Música, y así fue.
Por suerte la clase aún no había empezado, y tomé asiento junto a la ventana, solo, en la última fila, dónde con un poco de suerte nadie se percataría de mi presencia, de ese modo lograría sobrevivir al primer día de clase. La clase de música transcurrió lenta, pero tranquila, quizá fue porque estuve en paz conmigo mismo y nadie me molestó. Pero mi ingenuidad siempre me jugaba malas pasadas, y no todas las clases serían como la primera. A segunda hora clase de ciencias de la naturaleza. El profesor era nuevo, y se presentó como Damián. Se consideraba un inexperto, y dijo que él era un alumno más.
-          Profesor, ¿cuál será el temario de este curso? – Pregunté con la mano alzada.
-          Ya está el friki molestando – Comentó una voz entre la multitud.
Sentí un pinchazo en el pecho, una punzada de dolor.
-          Pues verás Kurt, comenzaremos con los ecosistemas, luego estudiaremos las rocas y los minerales, a continuación las funciones vitales, seguiremos con genética, y acabaremos el año con la contaminación medioambiental – Contestó.
Asentí con la cabeza con desgana. En ese momento solo deseaba que el profesor no hubiese oído aquello, si hubiese sido de otro modo me esperaría un año peor que el anterior. Tercero de la ESO era un curso complicado, necesitaba sacarlo, no podía descentrarme de los estudios. No en esta etapa de mi vida.
Ese día el recreo transcurrió como otros de años anteriores. No quería estar solo en el recreo, no este año, este año todo podía cambiar, todo iba a cambiar. Iba a luchar por ello. Me acerqué a la cancha de fútbol y observé como la pelota flotaba en el aire de un extremo a otro.
-          ¡Aparta de la cancha, que estamos jugando! – Me gritó Jonathan
No me moví de mi sitio.
-          ¡Pero friki que te apartes que nos estás molestando! ¡Fuera! – Dijo Nicolás.
-          Yo venía a preguntaros si podía jugar con vosotros al fútbol – Contesté, ignorando su doloroso comentario.
-          ¿Tú, al fútbol? ¿Pero desde cuando sabes jugar? – Y Leo dejó escapar una sonora carcajada.
-          Es solo por diversión.
-          Bueno… ¿por qué no? – Me apoyó Álex, indeciso.
-          ¡Que no! ¡Que este pringado no puede jugar al fútbol! Anda, vete a leerte un libro de esos a la biblioteca o a algún lugar para frikis – Sentenció Leo.
Resignado cogí mi mochila, y abandoné aquel lugar repleto de mentes maliciosas y dañinas. El curso no empezaba bien, otro año más viviendo en un Infierno que no quema, sino que consume lentamente.
Durante las clases la tensión era evidente, y parecía que los insultos volvían a estar de moda. Cuando acabó la última clase, matemáticas recogí mis cosas rápidamente, y salí corriendo despavorido. Escapé por la puerta trasera del instituto y rodeé algún que otro kilómetro hasta llegar a casa para no encontrarme con nadie.
-          ¿Qué tal tu primer día, cariño? – Preguntó mi abuela con una sonrisa que rebosaba felicidad.
La mire de soslayo y vi en su rostro esperanza y felicidad. Mucha alegría, demasiada como para quitársela. Era una persona mayor, y no se merecía más disgustos por mi parte.
-          Bastante bien, abuela – Mentí.
-          ¿Ves? Todo puede cambiar Repitió.
-          Sí. A peor… - murmuré cuando ya estaba lo suficientemente lejos como para no escucharme.
-          Abuela, no tengo hambre, me voy a hacer los deberes – Dije mientras subía a la habitación rápidamente para cerrar la puerta antes de que tuviera tiempo a oponerse.
No tenía ganas de hacer nada. No en aquel momento.

Los días transcurrían despacio y siempre era lo mismo. Las burlas de la clase siempre eran conmigo. Mi nombre siempre era acompañado con un insulto, como si de mi apellido se tratara, y esto último se había convertido ya en una regla general. No entendía el por qué de tanta maldad, la razón de tanto odio hacia una misma persona, no era capaz de comprender por qué mis compañeros de clase me despreciaban tanto, y me consideraban inferior a ellos.
Pasaban los meses, y los insultos se iban intensificando; parecía que aunque el grupo de Leo no utilizara el cerebro para estudiar, lo utilizaba para crear nuevos insultos personalizados para mí.
Quedaban dos meses de clase, pero ya no podía más, había soportado demasiado. Continuamente recibía palizas, era agredido física y psicológicamente. Hacía tiempo que no acudía a nadie. No tenía amigos, y no quería contárselo a mis abuelos para no preocuparles. Pero mi salud comenzaba a preocuparme, temas como el suicidio comenzaban a cobrar importancia, y a convertirse ahora en posibles opciones para escoger. Tenía miedo de mi mismo, me asustaban esos pensamientos. No era un suicida. Yo jamás me había comportado mal con ellos ni les había hecho daño alguno, no entendía ese asco que yo les producía. No era capaz de comprenderlo. Incluso llegué a plantearme que tenía realmente un problema.
Todos y cada uno de los días me levantaba intentando aparentar entereza, y deseando que ese caparazón de tortuga que me fortalecía no se esfumara.
Veinticuatro de Abril de 2011, ese día me esperaron a la salida y me amenazaron, después de dejar clara su postura, y sus intenciones con violencia física. Nicolás y Jonathan me agarraron uno por cada brazo mientras Leo me golpeaba en la cara. Podía notar el escozor en la piel cuando la sangre escapaba de su prisión, sentía como escapaba de mis venas, y pintaba mi mandíbula y decoraba mi rostro. Recuerdo sus bocas articulando una palabra: ¡nenaza! Me dejaron tendido en suelo, inconsciente, en algún portal de los alrededores. A partir de ahí solo recuerdo que me desperté en una cama que no era la mía, y aquello tampoco parecía un hospital. Era la habitación de un chico. Aún no me había recuperado por completo cuando la puerta se abrió y un chico rubio entró por ella. Era Álex.
-          Lo-lo siento tío… - Se disculpó
-          ¿Tú?, ¿Por qué? Tú no has hecho nada. Han sido ellos.
-          No, no, Kurt… Yo nunca debí reírles las gracias, ni estar con ellos, ni dejar de hablarte, ni contribuir en tu exclusión y marginación social. Lo siento muchísimo, y te lo digo de corazón. Me siento muy mal conmigo mismo, me siento realmente sucio…
-          Álex…, cállate – Y le hice un gesto con el dedo índice para que se callara.
-          Lo siento de nuevo Kurt. Espero que puedas perdonarme.
Lo miré extrañado, pero en cierto modo me agradaba la idea. Tras escuchar sus palabras sinceras, no me hizo falta nada más, ni más diálogos, ni explicaciones. Le tendí la mano, y él sin pensárselo ni un segundo me la estrechó y me abrazó.
-          He llamado a tu abuela. Pero tranquilo, no le he contado nada eso es cosa tuya. Ahora te dejo solo para que descanses.
Suspiré aliviado.
Estuve todo el día tumbado en la cama, casi sin moverme, con la mirada perdida, y la mente en blanco. No sabía que podía hacer, no podía recurrir a los profesores. Tal y como Leo había dicho era muy sencillo: Yo solo era uno, contra 25 personas en la clase, muchos iban a darle la razón a él, muchos otros evitarían el tema, y a mí por mucha razón que llevara no tenía testigos. Me tacharían de mentiroso, y de paranoico. Los profesores solo empeoraban la cosa, y decirles algo sería otro motivo más para que me propinaran un puñetazo en el pecho.
Y es que nada era lo que parecía en aquel instituto. Nadie hacía absolutamente nada para ayudarme. Los profesores presenciaban continuamente burlas e insultos. Ninguno hacía nada, supongo que no querían tener ningún tipo de problema externo, aunque eso significara guardar en la conciencia el peso de una agresión. En ocasiones, en el menos frecuente de los casos, dejar escapar suavemente un “basta”, o pronunciar un seco “silencio” les parecía lo suficiente, e identificaban con ello la solución.
En mi colegio nada era real. Las paredes estaban levantadas a base de sueños e ilusiones, el tejado construido con mentiras y falsas promesas y esperanzas comenzaba a derrumbarse.
El colegio presumía de tener una mentalidad abierta y moderna, de castigar las injusticias, de hacer pagar a los pecadores, de luchar por los derechos de los alumnos, de respetar a todos por igual, sin distinción de sexos, sin importar su raza, o su ideología. Llegué a la conclusión de que ese colegio era un castillo de arena construido en una tarde de verano, que temía la subida de la marea, y se deshacía con ella, y que se desvanecía con la brisa.
Nadie hacía nada, sentía ganas de tomarme la justicia por mis manos. Y es que todo empezaba en los pasillos, cuando no había profesores, yo pasaba con la cabeza agachada, y con las manos en los bolsillos. Pero para ellos verme marginado y solo no era suficiente, eso no les saciaba, querían verme llorar, y harían cualquier cosa para lograrlo. Todo lo que hacía solo era otro motivo para volver a agredirme una y otra vez, porque con eso intentaban saciarse. Ellos se reían, pero a mí no me hacía gracia. Cada día tenía nuevos moratones de esos matones, sabía que debía hacer algo.
Perdí las ganas de integrarme, solo quería verles lo menos posible, que pensaran que no existía, que había desaparecido. No quería ni insultos ni cumplidos, no quería que me quisieran por lo que no era y por lo que nunca seré, si tenía que cambiar prefería que me odiaran. Mis profesores estaban hartos, decían que había cambiado. Siempre participaba cuando los profesores planteaban alguna pregunta o debate, pero después ya no, luego no preguntaba dudas, ni planteaba opiniones, ni leía en clase voluntariamente… Estaba asustado, le temía a la colleja del de atrás y del de al lado. El tutor llamó a mis abuelos para decirles que tenía un problema de integración social, que no me relacionaba con mis compañeros, y que mi actitud en las clases se estaba volviendo negativa. Pero él no sabía nada, no conocía el problema que había detrás de mi soledad. No tenía ni idea, y tampoco ponía mucho empeño en comprender y ayudar, le bastaba con ceñirse a los hechos, y a pensar que era yo quién tenía el problema cuando en realidad, sólo intentaba huir de unas personas que me atormentaban. Mis abuelos tampoco sabían nada del tema, y no podía hacer nada para frenarlo, pero una cosa era segura: sentado desde aquel pupitre el tiempo pasaba más lento. Álex me ayudaba cuanto podía, pero ninguno creíamos en los milagros, solo en la fuerza de voluntad.
Pero era demasiada presión, no podía aguantarla, y tenía ganas de acabar con todo… Una voz en mi interior me aterrorizaba muchísimo más de lo que lo hacía la banda de Leo. No me reconocía, yo ya no era ese muchacho interesado en la lectura, en el manga, en el dibujo, en los animes y en la fotografía. La impotencia y el dolor estaban creando un cóctel trágico.
La hora del patio quizá era el mejor momento de la jornada escolar. Eran treinta minutos de paz y tranquilidad. Media hora libre de palizas, collejas, insultos o burlas. No era el paraíso, pero era preferible que me ignoraran a que me criticaran. Lo que te hace ser único en este lugar, también te hace estar sólo. Todos los días la misma historia, bajaba despacio las escaleras al salir de clase, y me escondía en la parte trasera del instituto dónde nadie podía verme, ni mirarme, ni observarme. Intentaba huir de miradas repletas de asco y odio. Me agazapaba allí en un rincón en penumbra tras unos arbustos, y comía mi bocadillo. Las hojas de los matorrales dejaban espacio para ver el exterior: Niños jugando y hablando, niños felices y contentos, sin preocupaciones. Ellos me miraban porque sabían que me ocultaba allí, pero yo no miraba a nadie, y ninguno se acercaba. Durante esos meses estaba haciéndome íntimo amigo de la soledad.
El dolor comenzaba a pesar más que el orgullo, y mi alma caminaba sobre cristales rotos, pedacitos de mi vida destruidos con cada patada, y con cada puñetazo. No quería seguir siendo un cobarde, du un modo u otro sabía que tenía que rebelarme para librarme de esas cadenas que me ataban y me oprimían. Ahora ya no podía rendirme, había soportado todo ese año de constantes insultos, mi esfuerzo no debía desaprovecharse. Esta vez la suerte no me acompañaba, pero no servía esconderse tras los matorrales, o encerrarse en casa por las tardes. Tenía que ser fuerte, tenía que luchar, por mi derecho a ser respetado. Hacerse respetar era complicado, y a  mí, por desgracia me había tocado. La única solución llegado a ese punto no era otra que afrontar la situación, y no iba a ser fácil con tanta presión, pero si hubiese sido otra persona la que hubiese estado en mi lugar, no hubiera aguantado ni la mitad de lo que yo tuve que soportar. Habían amargado mi existencia, estropeado mis estudios, perturbado mi inocencia, y agotado mi paciencia. Estaba cansado, en realidad, había aguantado demasiado, y estaba preparado para la venganza, había llegado mi momento triunfal, y les demostraría quién mandaba. Tenía que hacer algo ya, y lo que ellos querían es que actuara como un hombre, pues que se lo hubieran pensado antes de desencadenar algo que no podrían parar. El dolor corría por mis venas, el rencor me había envenenado, y solo existía una vacuna y una cura para frenar esas ansias.
Lo medité detenidamente durante muchos días y me repetía continuamente a mí mismo “No lo hagas, no lo hagas” Quería auto-convencerme de que eran buenos chicos, pero mentirse a uno mismo era lo más patético que se podía hacer. Ellos me empujaron al abismo negro y sin salida, llegué a ese punto sin retorno, ese en el que todo te da igual y sientes ira y odio hacia tu entorno. Quería acabar con todo, rajarme las venas, y huir definitivamente de los problemas. Terminar finalmente con esa desgraciada vida en la que me había tocado vivir, desaparecer de esta sociedad en la que siempre cae el eslabón más débil de la cadena.
Tan solo quedaban dos semanas de clase, y decidí que era ahora o nunca. Tenía claro lo que quería hacer, lo que debía hacer. Aquel viernes por la mañana la ira me invadía y solo tenía sed de venganza. Ese día llegue puntual a clase, y en el patio se hallaban esos malnacidos sin piedad. Algunos se acercaron para empujarme, pero eso ahora ya no me importaba, logré apartar mi cuerpo de sus sucias garras. Como era costumbre, allí nadie hacía nada; los profesores evitaban el tema, y el resto de los alumnos se reían, otros apartaban las miradas. Me levanté torpemente del suelo resignado y humillado, pero poderoso, pues sabía que ese mismo día todo habría terminado. Podían pegarme e insultarme todo lo que quisieran, hoy no iba a llorar, hoy ya no, no me quedaba tiempo ni ganas. Ya no me quedaban lágrimas, se habían agotado de tanto utilizarlas, lo único que conservaba mi cuerpo era odio, rencor, y risa enfermiza; en mis venas mucho dolor y adrenalina.
Esperé a que sonara el timbre y todos entraran en las aulas para cumplir con mi misión. Diez minutos después, calculé que ya no habría nadie en los baños ni en los pasillos, y subí a mi aula que estaba en la segunda planta. Cerré una puerta desde fuera con sigilo, para que nadie me escuchara y no se pudieran levantar sospechas, abrí la otra de repente y volqué el combustible dentro del aula, a nadie le dio tiempo a reaccionar, deposité el fósforo, les encerré y me alejé de aquel infierno en llamas lo antes posible, antes de consumirme lentamente. Corría lo más rápido que podía mientras escuchaba esa melodía tan hermosa compuesta por gritos, chillidos, lloros, y miedo, sobre todo miedo. Tal vez así podían entender que era lo que sufría yo cuando iba todos los días a ese infierno. A ellos tan solo les duraría unos minutos, la comparación es abismal.
Cuando llegué al puente recordé el primer día de clase. Una mañana fría, lluviosa y grisácea. El día de hoy era espléndido, el sol brillaba imponente en lo más alto del cielo azul, no había ni una sola nube, los pájaros cantaban acompañando la melodía que ardía dentro del edificio de ladrillo y piedra. Solté una carcajada enfermiza, y saqué del bolsillo del pantalón vaquero una cuchilla rectangular, perfectamente pulida, en la cual se reflejaban los intensos rayos solares. La envolví en mi mano al tiempo que hacía múltiples esfuerzos para conseguir sentarme en el borde de la barandilla en la que meses atrás solo me atrevía a rozar. Miré hacia abajo, lo único que me separaba de mi destino eran 20 metros de altura. Miré al horizonte, y volví a ver aquella bandera… ¿demasiada casualidad? Yo no iba a ser otra víctima del sistema. Abrí la mano sin dejar de mirar esa bandera lejana y distante, y detuve el filo sobre la piel, profundizando poco a poco, y avanzando más despacio aún. Sintiendo el dolor, notando como la sangre escapaba, así hasta trazar una larga línea vertical de aproximadamente diez centímetros, y por un momento el escozor, y el quemazón cesaron, y dejó de dolerme. Fue en aquel momento en el que sentí que las cadenas que me oprimían caían al suelo y se rompían en mil pedazos dejando mi alma libre, dejando que flotara libremente. Mi recuerdo no llega muy lejos, tan sólo hasta que mi cuerpo caía al vacío y teñía la ría de escarlata, y seguía sin dolerme, porque las heridas del corazón ya habían cicatrizado con la venganza.

martes, 1 de marzo de 2011

Personajes de la novela



Los personajes de la novela son los siguientes:



Jasmine
Tiene 16 años, y repitió curso. Es una de las mejores amigas de Natsue. Es rubia, con el pelo ondulado hasta la cintura, ojos azules claros y penetrantes, pelo largo, tez clara. Todos los chicos de la clase están completamente embobados con ella, pero Jasmine sólo tiene ojos para uno: Johnny, al igual que a Natsue. Su amistad peligrará un poco pero tratarán de resolver los problemas. Muy sexy y prvocativa, la más guapa de las cuatro amigas. Le encanta la noche, la fiesta, los chicos, el sexo y el tonteo.

Natsue



Tiene 15 años. Es la protagonista, una chica muy sincera, dulce, apasionada, tranquila, estudiosa, y muy tímida. Pelo largo, liso y castaño oscuro, ojos negros, y mirada felina, tez color caramelo, es decir, morena. Le encanta leer, escribir novelas, dibujar, pintar, cantar, bailar, e ir al cine. Correrá un peligro de muerte cuando en el verano vaya a la casa de sus padres en un pueblo lejano. Descubrirá algo que no sabe a manos de varios chicos que conocerá, y a raíz de esto será perseguida por varios seres. Acaba enamorándose de uno de ellos, pero el chico sabe que su amor es imposible y está prohibido en el lugar del cual él viene. Tiene una hermana pequeña, y un hermano mayor.

Mélody
Tiene 15 años. Es la otra mejor amiga de Natsue. Pelo pelirrojo y largo, ondulado hasta las caderas, mirada felina de color esmeralda, tez clara, pues a penas toma el sol. Mélody es hija única, y es la chica rica y consentida del instituto. Algunos chicos encantadores se han interesado por ella, pero al conocer su personalidad, huyeron espantados; cuando Mélody pasa una semana en el pueblo de los padres de Natsue abre su corazón a un chico encantador. Es una chica fría, y calculadora, muy borde, odiada por muchas personas. Pija, cursi, glamourosa, y preocupada por su estilo. Siempre va a la moda. No le preocupa en absoluto hacerle daño a los demás con tal de obtener lo que desea.


Athenea
Tiene 15 años. Es otra de las mejores amigas de Natsue. Pelo castaño claro casi pelirrojo, y ojos de color celeste. Es apasionada, y soñadora. Le encanta leer, y aprender cosas nuevas. Salir con ella es tener la diversión asegurada. Va con Natsue a casi todas las clases excepto a las optativas; Athenea tiene tecnología, informática, y física. Su amistad experimentará un sobresalto, y se pondrá a prueba cuando ambas se enamoran del mismo chico. En ese momento ambas descubrirán si lo suyo era una amistad verdadera, o una amistad como otra cualquiera.




Norikko


Norikko es una estudiante japonesa que llega al instituto a mediados de curso. Al principio siempre estaba sola, pero su amistad con Gwendolyn la introdujo en el grupo. Tiene el pelo negro, largo y liso. Ojos negros, y tez clara. Una auténtica belleza de la cultura oriental. Muy tímida e introvertida. Cuidadosa, curiosa, cautelosa y tradicional. Se decanta por la sinceridad. Es en ocasiones, algo alocada, muy divertida. Magnífica estudiante. 





Gwendolyn:


















Estela




Es la hermana pequeña de Natsue. Se entrometerá varias veces en su vida privada, como una pequeña inocente. Tiene la tez muy clara, una sonrisa ancha y ojos color esmeralda. Es pelirroja, Natsue, se siente un bicho raro en su familia con una hermana tan hermosa.
Es una pequeña cotilla muy extrovertida y alegre.


Erick es un chico de 16 años casi 17. Tiene el pelo castaño claro con mechones más oscuros bastante largos, y los ojos azul celeste, la piel morena, y es alto con buen físico. Parece un chico duro, prepotente y pasota; es excesivamente guapo. Le encanta la música, y es el vocalista, el guitarrista, y el compositor de una banda de rock. Practica muchos deportes, entre ellos el fútbol, el boxeo, el esquí, y el surf. Debe cumplir una misión: asesinar al último ángel de la Tierra para ser coronado en su mundo; pero eso cambia cuando llega a la Tierra y Natsue se interpone en su camino, haciendo que su corazón palpite por primera vez en su vida.

Kurth

Kurth es un chico de 17 para 18 años. Es un año mayor que su hermano Erick. Kurth tiene el pelo rubio, y largo con algunos mechones más claros, la tez clara y los ojos azules-verdosos. Tiene buen físico, es alto, y apuesto. Le encanta el deporte, y practica baloncesto, natación y atletismo. Le gusta el teatro, y la cocina. Es un chico inteligente, callado, discreto, reservado, dulce y cariñoso. Pero sólo a primera vista, ya que cuando el viaja a la Tierra su fin es matar al último ángel, ya que su hermano rompe el juramento y no lo hace. Lo que no se llega a imaginar es que lo que parecía un juego tonto, y un engaño acabará siendo un amor profundo y apasionado, por el que los dos hermanos se enfrentarán en una lucha a muerte.


Nico

Es el hermano pequeño de Erick y Kurth. Su apariencia es la de un niño de 8 años. Es un niño muy agradable con los ojos azules-verdosos, la tez clara, y el pelo rubio. Es bastante inteligente, y molesto y entrometido en algunas ocasiones. 
A pesar de todo sus dos hermanos mayores le tienen un gran cariño.




Matthew, Matt

Un misterioso personaje que se cruzará en el camino de Natsue varias veces. Matt es un chico con el pelo revuelto, y con aspecto de duro, aunque su mirada azul como el hielo revela que es un chico encantador. Le revelará un dato de gran importancia para su supervivencia, aunque ella deberá deberle un favor a cambio.










Athos

Athos es un chico moreno, de pelo negro normalmente engominado y con los ojos de color jade que le desvelará a Natsue algo muy misterioso que ella jamás podría haber imaginado. Natsue descubre su ser, y Athos la anima a unirse a él, pero su amor con Erick y Kurth se lo impedirá.










Robin, Rob

Robin, Rob, es el mejor amigo de la infancia de Natsue, son compañeros de clase, y sigue siendo uno de sus mejores amigos. Es un chico muy creativo, con un montón de ideas geniales, y planes para el fin de semana. Le encanta disfrutar de la vida, pero su mayor pasión es tocar la guitarra, y cantar. Admira muchísimo la personalidad de su amiga Natsue. Sabe que es gay desde los 11 años.


Johnny

Johnny es el chico más guapo del instituto de Natsue y sus amigas. Tiene el pelo rubio y los ojos azul-grisáceo. Tiene 17 años. Acaba saliendo
 con Jasmine. Es un deportista, el capitán del equipo de fútbol. Natsue lleva enamorada de él 4 años. Todo cambia cuando ella conoce a Erick..., y a otros cinco chicos que le harán sufrir y tomar una difícil decisión.




Kevin


Es el hermano mayor de Natsue. Increíblemente guapo, es colega de Johnny y Leo. Kevin tiene el cabello castaño, largo ondulado, y revuelto sin peinar. Sus ojos grises azulados recuerdan mucho al color plateado de la luna. A menudo regaña a Natsue por pensar y desear a Johnny.


 Leo

Leo es el hermano mayor de Jasmine, es colega de Johnny, y es demasiado sobre-protector con su hermana. La ve indefensa, dulce e inocente, tiene una idea completamente equivocada de ella. Es muy agradable, es un gran chico, siempre dispuesto a ayudar en los momentos difíciles.
Tiene el pelo rubio, y los ojos almendrados. La tez morena, y una increíble sonrisa.

lunes, 28 de febrero de 2011

El último adiós


El último adiós

Creo que ya no puedo mas, vivo encerrada. Son cuatro muros de piedra maciza los que me rodean, con muchas habitaciones, en una de las cuales estoy yo. Sí, estoy en un psiquiátrico…No me gusta recordarlo, ¿queréis saber mi historia?...
Tenía 15 años cuando me lo presentaron, mi perdición: Mateo. Fue en una fiesta, en el cumpleaños de mi mejor amiga Marta, la que aún me sigue viniendo a visitar. Bueno, una vez que le conocí, me enamoré de él a primera vista… fue un flechazo. Poco después comenzamos a salir, y nos fue muy bien. Era la persona más dulce, encantadora y maravillosa que había conocido en toda mi vida, y sí estábamos muy enamorados y nos amábamos por encima de todo. Cuando yo cumplí la mayoría de edad, hicimos una gran locura, nos casamos. Nuestra boda fue maravillosa, y me juró amor eterno en una pequeña iglesia de la localidad donde vivíamos. La luna de miel fue preciosa, muy exótica y romántica, en una lejana isla tropical perdida en medio del Pacífico.
Pero en aquel momento, no sabía que me estaba metiendo en un profundo y oscuro agujero negro, sin salida, sin final, por el que vagaría eternamente sin llegar a conocer la muerte… Y de haber sabido lo que iba a venir después de la boda, nunca jamás me hubiera casado, y mucho menos haberle conocido. Si lo hubiese llegado a saber, me hubiese suicidado mucho antes… y aunque, todos cometemos errores, yo cometí demasiados, y ese fue muy grave. Me odio a mi misma desde entonces. Mis amigos y mi familia me dicen que no fue culpa mía, pero aún así, me siento tan culpable que apenas puedo dormir.
Después de casarnos, a los nueve años siguientes, nació nuestra primera hija. Como él se había ido a trabajar fuera unos años, la crié y la eduqué yo sola. La llamé Lucía.
La niña creció sana. Pero al cumplir ella el año él volvió a casa, y me di cuenta de que había cambiado radicalmente. Ya habían pasado unos cuantos años desde que nos casamos, y él comenzó a distanciarse. Solía sacar la estúpida excusa de “son motivos de trabajo”, y yo, como una gran tonta me lo creía. Seguían pasando los años, y esto se hizo con el paso del tiempo más intenso. Él casi nunca dormía en casa, no comía en casa, hablaba encerrado en el baño con el grifo abierto para que yo no escuchara la conversación. Todos los días era la misma rutina: Levantarme temprano, (cerca de las seis de la mañana), hacerle el desayuno, despedirle, cuidar de la niña, ir a la compra, hacer la comida, cuidar de la niña otra vez, limpiar y ordenar la casa, preparar la cena, y dormir. Siempre era lo mismo.

Una mañana, me levanté, y fui a hacer el desayuno, como de costumbre. Él no estaba en casa, algo bastante habitual en nuestra relación. Cuando por fin volvió, estaba borracho, y en aquel momento tuvimos una gran discusión:
-¿Qué horas son éstas de llegar? – Pregunté enfadada.
- Las que quiero - Respondió
-¡No me hables así! – Dije 
- ¡Hablo como quiero! - Gritó
- No me levantes el tono de voz… - Murmure
- Cállate - Bramó

Me propinó un puñetazo en plena mandíbula, de la cual se me rompieron dos dientes y mi boca se puso de color rojo.
Suspiré. Acto seguido comencé a llorar, pero a él le dio igual. No se como ocurrió, mi memoria esta en blanco, hay muchas lagunas, hay demasiadas cosas que no recuerdo, pero sinceramente, tampoco son muy agradables de recordar. Lo siguiente que hizo fue darme una paliza que me dejó moratones por todo el cuerpo. Empecé a llorar, y le dio igual. Francamente, yo no lloraba por el dolor que me causaban las heridas, lloraba por el dolor psicológico que me estaba produciendo… Había cambiado demasiado para mal en tan pocos años.

Yo sabía que él se veía con otras mujeres, pero estaba tan ciega por el amor que sentía hacia él que no quería creérmelo. Era ciega, pero no era tonta, yo solía dudar, demasiadas noches sola, demasiados días… La cosa era demasiado extraña y sospechosa. Yo sospechaba, pero lo cierto es que nunca dije nada. Sí, fui demasiado estúpida.
Aquella vez fue la más dolorosa, renuncié a lo que más quería, renuncié a todo mi mundo, porque realmente, en aquellos tiempos, tal y como estaban las cosas, mi mundo era ella. ¿Queréis saber lo que pasó? Os lo voy a contar:
Aún lo recuerdo perfectamente, era una noche clara y estrellada, él llegó a altas horas de la madrugada, borracho, como de costumbre. Entró en la habitación, cerrando con un portazo y se acercó a mi sigilosamente mientras dormía. Me pegó, y empecé a chillar, pero le dio igual.
Me propino un puñetazo en plena cara, y comencé a sangrar. Después me comenzó a dar patadas por todo el cuerpo. Caí al suelo, no podía moverme por el dolor causado, pero a él le seguía dando igual.

Me agarré la cabeza con las manos y me dolía mucho. Me miré la mano, y la vi roja. Lloré mucho entonces…
Prefiero saltar lo que vino después, fue demasiado fuerte y doloroso. Además no es una cosa agradable de contar, y mucho menos de escuchar…
Después de “aquello”, no le volví a mirar con los mismos ojos.

- Si te preguntan di que te quemaste con la plancha, y que te caíste en el baño.
El silencio no me ayudaba, no sabía que hacer, necesitaba hablar, ya que sabía que había sido la primera, pero no la última vez.
Ala mañana siguiente, fui de compras y me encontré con Marta.

-¡Oh, dios!, ¿qué te pasó? – Me preguntó Marta
- Yo… ¿esto?, no te preocupes, me queme con la plancha y me caí en el baño, pero no tiene importancia…

Dejé a Marta, y me dirigí a un orfanato cercano de la ciudad. Allí hablé con la directora. Le explique mi situación (una diferente a la verdadera). Y aceptó de buenas a quedarse con Lucía y cuidarla, hasta que fuese dada en adopción. Se lo agradecí mucho, ya que yo no me podía ocupar de ella en la situación en la que me encontraba. Bueno, yo podía, el problema para la niña, iba a ser crecer en aquella situación. Una gran tortura para ella. Salí del edificio llorando. Pero recuperé la compostura al llegar a casa.
Mentí, porque no quería más problemas, pero mi marido me pegaba, porque yo era independiente, y no le pertenecía. Me merecía mucho más, o al menos respeto. Yo a él le trataba bien, y el a mi fatal. Él no mandaba sobre mí, y yo lo sabía, pero él ejercía autoridad, y yo a causa de no decirle nada y no hacer nada, vivía maltratada.
No podía detenerle, no podía defenderme, no podía hacer más que rezar por tener suerte. En nuestra historia fue normal pasar del amor al odio, se convirtió en algo habitual, él no me quería, pero quería que fuese suya para siempre. Yo ya no podía más, él cada vez era peor, y mi paciencia iba en decadencia. Cuando quise hablar, me di cuenta de que ya era demasiado tarde…vivía junto al mal…

Aunque prefiero no contaros el final, voy a hacerlo. Era ya demasiado tarde para ir hacia atrás, no volvería a tener otra oportunidad, fui simplemente un mal día en la prensa local… Si yo ahora pudiera cambiar en algo tus miserias, daría todo por que entiendas un solo segundo de mi sufrimiento. Ahora ya no puedo hacer nada… solo espero que mi trágica historia no quede solo en la memoria, y que sirva de ejemplo, de un ejemplo que no se ha de seguir, para que esta historia no se repita jamás.
Miro por mi ventana, esta cubierta por las rejas, miro al horizonte, veo la libertad. Siento como mis sueños y esperanzas se alejan…
Lloro, pero ya no me importa nada. Hoy es trece de abril del 2010, y hoy hace exactamente 25 años que nos conocimos, el día en el que pasó “aquello”, me juré que cuando pasara un cuarto de siglo, después de la fecha en la cual nos conocimos lo haría, y lo voy a hacer. Escribo mis últimas palabras en esta carta:

“Adiós papá y mamá, lo siento, sí, teníais razón, hice mal en quererle, y aunque es cierto que uno no se enamora de quién desea, nadie debe enamorarse de él. Lo siento, se que no os parecerá bien, pero creo que es lo mejor para todos, yo ya me he cansado de sufrir, llevo demasiado tiempo haciéndolo, y no quiero hacer sufrir a nadie. Sé que el dolor es inevitable, y aunque hay quien dice que el sufrimiento es opcional, a mí no me funciona… Os quiero mucho a los dos, también quiero mucho a Nico, mi hermano pequeño, espero que se cuide, que sea muy feliz y que nunca nadie le haga pasar por esta situación. Darle por supuesto las gracias a Marta por ser la mejor amiga que tengo, y bueno, en pocos minutos que tuve, gracias a todos por apoyarme. Sé que muchos pensaréis que mi mayor error fue conocerle, o incluso el día de hoy… pero no, el peor día de mi vida, fue cuando tuve que dar en adopción a la pequeña Lucía, y aunque sé que en parte hice bien, porque sé que ahora esta en un hogar adecuado, y sé que está feliz, por otro lado me duele no tenerla ya junto a mí. Os quiero mucho, lo siento, lo digo otra vez más, y lo seguiría diciendo toda la vida, pero de hecho no puedo. Mi vida termina hoy. Dicen que quien no perdona, no sabe amar, así que perdonarme, por favor os lo pido, ya no nos volveremos a ver más, porque esta es mi nota de suicidio y llego tarde”
Estoy sentada en la barandilla de la ventana de un noveno piso, no se si me explico… Ya no quiero vivir más, ¿de qué me sirve?, absolutamente para nada. Firmé un documento con Satanás para liberarme, y llevar una siguiente vida normal. Hoy sabré si es cierto lo de que tras la muerte existe otra vida ¡Ahora solo tengo que saltar sin mas! Salto, salto a un vacío que parece interminable, un vacío que nunca se acaba, veo pasar mi vida por delante mis ojos y el tiempo se para. Pero mi vida es trágica, dolorosa, triste y horrible y no quiero recordarla. Todo por culpa de él. El tiempo vuelve a la normalidad, sigo cayendo al vacío, a un vacío infinito y sin salida… Comienzo a llorar y sigo cayendo. Veo la acera, y rompo en grito. Lo último que recuerdo, es a una mujer chillando, y la acera roja… A partir de ahí… un profundo y oscuro agujero negro.
Paula